
Thomas Carothers, un abogado estadounidense estudioso de las relaciones internacionales, publicó hace más de 20 años un artículo que nos puede ayudar a pensar lo que sucede en la Venezuela 2026: Los procesos de transición no llegan necesariamente a la democracia, y la mayoría de los países que han intentado superar el autoritarismo, han quedado durante años en una zona gris. Por ello, hace más de dos décadas atrás llamó a superar lo que se había convertido en un dogma ineficaz: La teoría académica que explicaba como se pasaba de la dictadura a un sistema de libertades ciudadanas.
El texto de Carothers, bajo el título “El fin del paradigma de la transición”, fue publicado en “Journal of Democracy” en enero de 2002. En su primera parte, explica el contexto del surgimiento de la llamada “teoría de la transición”: En el último cuarto de siglo del siglo XX se generó una tendencia, en siete regiones diferentes del planeta, de intentar superar formas dictatoriales de gobierno hacia sistemas más liberales y democráticos, que con el tiempo fue descrita como la “tercera ola de la democracia”. Ante la necesidad de tener un marco analítico común que permitiera explicar los acontecimientos, la comunidad estadounidense generó u adoptó un modelo analítico de transición, un campo analítico que algunos describieron como “transitología”.
Según este autor, el modelo se basa en cinco supuestos: 1) Cualquier país que se aleja de un régimen dictatorial puede considerarse un país en transición hacia la democracia; 2) La democratización ocurre por una secuencia de etapas: Apertura > negociación > elecciones > reformas > democracia; 3) Las elecciones son un elemento determinante del proceso; 4) EL proceso de democratización no necesita condiciones previas y se basta a sí solo y 5) Las transiciones democráticas se construyen sobre Estados coherentes y funcionales, por lo que la construcción de la democracia reforzaría la (re)construcción estatal.
Carothers, basado en evidencia cuantitativa (De casi cien países considerados en transición en ese momento, menos de veinte se encontraban claramente encaminados hacia democracias exitosas y funcionales), realizó una afirmación: “La mayoría de los países en transición no son ni dictaduras ni países claramente encaminados hacia la democracia. Han entrado en una zona gris política”. Y, según describe, en este limbo pueden estar mucho tiempo. Por ello, cuestiona la idea que estos Frankenstein deban ser incluidos en la categoría “democracia con adjetivos”, con la que los estudiosos intentaron resolverlo aunque la evolución política de estos países ponga en cuestión precisamente, al paradigma de la transición.
La zona gris y sus síndromes
Estos países de la zona gris son aquejados por dos grandes síndromes. El primero descrito como “pluralismo ineficaz”, entre cuyas características estarían: “Lasélites de los principales partidos son percibidas como corruptas, egoístas, deshonestas y poco serias a la hora de trabajar por el país. La ciudadanía está profundamente distanciada de la política y, aunque quizá mantenga su adhesión al ideal democrático, se encuentra extremadamente insatisfecha con la vida política nacional”.
El otro síndrome político común es calificado como “política de poder dominante”. A pesar de cierta competencia política por parte de grupos opositores y al menos la mayoría de las formas institucionales básicas de la democracia, una agrupación política domina el sistema de tal manera que hay pocas perspectivas de alternancia en el poder.
Citemos: “Como síndromes políticos, tanto el pluralismo ineficaz como la política de poder dominante poseen cierta estabilidad. Una vez dentro de ellos, los países no salen fácilmente. El pluralismo ineficaz alcanza su propio equilibrio disfuncional: El poder pasa de unas élites competidoras a otras, ampliamente aisladas de la ciudadanía, pero dispuestas a aceptar reglas generalmente aceptadas. La política de poder dominante también suele alcanzar una especie de extasis, en la que el grupo gobernante consigue mantener a la oposición contra las cuerdas al tiempo que permite suficiente apertura para aliviar la presión política”.
La conclusión a la que llegó este investigador es demoledora: “El punto central es claro: el paradigma de la transición fue producto de una época determinada –los eufóricos primeros años de la tercera ola- y esa época ya pasó. Es necesario que los activistas de la democracia avancen hacia nuevos marcos, nuevos debates y quizá, con el tiempo, hacia un nuevo paradigma de cambio político: uno adecuado al paisaje de hoy, no a las esperanzas persistentes de una era anterior”. Una de sus propuestas es cambiar la pregunta con la que intentamos entender un proceso, como el venezolano por ejemplo. Pasar de “¿Cómo va la transición democrática” a una interrogante mucho más abierta: “¿Qué está ocurriendo políticamente?
Esto no significa que las aperturas, negociaciones, reformas institucionales o elecciones carezcan de importancia. Significa que debemos evaluar cada una por lo que realmente modifica en la distribución del poder. Para el caso venezolano las preguntas que debemos hacernos frente cada anuncio de la llamada “mesa de diálogo” deberían ser ¿Aumenta realmente la posibilidad de alternancia en el poder? ¿Reduce la utilización partidista de las instituciones del Estado? ¿Amplía libertades y derechos de manera sostenible? ¿Permite actuar autónomamente a oposición y sociedad civil? ¿Genera instituciones capaces de limitar a quienes gobiernan? ¿Acerca al país a elecciones auténticamente competitivas?
Las alertas de Thomas Carothers son importantes, no para inmovilizarnos, sino para hacer un diagnóstico mucho más realista: ¿Venezuela estaría avanzando hacia una democracia realmente funcional o hacia una zona gris?
(Publicado en Tal Cual)
