Reconstruir mejor

Después de un terremoto, como el ocurrido entre nosotros recientemente, la discusión suele concentrarse en lo más urgente: rescatar sobrevivientes, habilitar refugios, restablecer los servicios y comenzar a levantar las viviendas destruidas. Es natural y es urgente. Pero, una vez pasada la emergencia, aparece otra pregunta que pocas veces ocupa titulares: ¿es posible que una sociedad salga de una catástrofe siendo mejor de lo que era antes?

Durante los últimos años esa idea ha ganado espacio en la gestión internacional de desastres bajo una expresión sencilla: Build Back Better, o «Reconstruir mejor». El planteamiento es simple. Si un desastre obliga a reconstruir una ciudad, no tiene sentido repetir exactamente los mismos errores que la hicieron vulnerable. La reconstrucción debería servir para levantar infraestructuras más seguras, instituciones más preparadas y comunidades con mayor capacidad para enfrentar futuras crisis.

Esta idea, que suele aplicarse a los edificios, también puede servir para pensar la democracia. Venezuela no llegó al terremoto siendo un país institucionalmente sano. La emergencia encontró a una sociedad profundamente fragmentada, con una larga crisis política, instituciones debilitadas y una enorme desconfianza entre ciudadanos y Estado. El terremoto no produjo esas fracturas, pero sí las dejó al descubierto.

Por eso la reconstrucción no debería consistir únicamente en reparar calles o levantar escuelas. También será una oportunidad para decidir cómo queremos relacionarnos nuevamente como sociedad.

La escritora Rebecca Solnit llegó a una conclusión interesante después de estudiar terremotos, huracanes e incendios ocurridos en distintos países. Contra la idea de que las catástrofes liberan el egoísmo o el caos, observó que muchas personas reaccionan de otra manera. Organizan cocinas comunitarias, forman brigadas de rescate, cuidan a desconocidos y crean redes de apoyo sin esperar instrucciones de las autoridades. Durante un tiempo aparecen formas de cooperación que en la vida cotidiana parecían improbables. No porque los problemas desaparezcan, sino porque la necesidad obliga a descubrir que nadie sale adelante solo.

Un “capital” diferente

Por otro lado, Robert Putnam ayuda a entender por qué esas experiencias importan. Él llamó “capital social” a la confianza, la cooperación y las redes que permiten a una comunidad resolver problemas comunes. Ese capital no se decreta desde un gobierno ni se aprueba mediante una ley. Se construye lentamente, cuando las personas aprenden que pueden colaborar entre ellas y que esa colaboración produce resultados.

En Venezuela hemos visto algo de eso durante las últimas semanas. Vecinos organizando centros de acopio, voluntarios removiendo escombros, iglesias, organizaciones sociales y grupos comunitarios coordinando ayudas donde el Estado no llegaba o llegaba tarde. La solidaridad ha tenido un efecto inmediato sobre quienes la reciben, pero también deja un aprendizaje menos visible: la experiencia de que la acción colectiva funciona.

Alexis de Tocqueville observó algo parecido hace casi dos siglos cuando estudió la democracia estadounidense. Le llamó la atención que los ciudadanos no esperaban que todas las soluciones vinieran del gobierno. Para resolver problemas comunes creaban asociaciones, cooperaban y asumían responsabilidades compartidas. Tocqueville pensaba que esa costumbre de asociarse era una de las bases de la vida democrática, porque enseñaba a deliberar, a confiar y a actuar junto a otros.

Quizás ahí exista algo para aprender en medio de la tragedia. La reconstrucción no será solamente una tarea de ingenieros, arquitectos o urbanistas. También dependerá de la capacidad de conservar y fortalecer las redes de cooperación que han surgido en medio de la tragedia. Si esas experiencias desaparecen cuando termine la emergencia, habremos reconstruido edificios. Si logran convertirse en formas permanentes de organización ciudadana, también estaremos reconstruyendo el tejido democrático que nos hará falta para los desafíos futuros.

Nada de eso está garantizado. La reconstrucción puede fortalecer la participación o puede concentrar aún más el poder. Puede abrir espacios para que las comunidades decidan sobre su futuro o puede reducirlas al papel de simples receptoras de ayuda. Puede fomentar la transparencia o reproducir prácticas clientelares. Las decisiones que se tomen en los próximos meses no solo definirán cómo serán las ciudades reconstruidas, sino también la relación entre la ciudadanía y las instituciones durante los próximos años.

Reconstruir mejor no significa únicamente hacer edificios más resistentes. También significa aprovechar un momento excepcional para fortalecer aquello que sostiene a cualquier democracia: la confianza, la cooperación y la capacidad de los ciudadanos para organizarse, confiando y cuidando unos de otros.

(Publicado por Tal Cual)


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