Versión en español del texto (escrito antes del terremoto) publicado en la revista Autocratization, disponible en https://revistas.usergioarboleda.edu.co/index.php/autocratization

El 3 de enero de 2026, luego que fuerzas militares estadounidenses ejecutaron una operación coordinada contra instalaciones militares, puertos, aeródromos y centros de mando venezolanos, capturando a Nicolás Maduro y Cilia Flores, Venezuela parecía dirigirse hacia una escalada impredecible. Durante los meses anteriores, Maduro había advertido que cualquier intervención militar convertiría a Venezuela en un «segundo Vietnam», prometiendo una resistencia prolongada frente a cualquier agresión extranjera. En ese contexto de máxima tensión, la persona llamada a asumir la conducción del gobierno, en su ausencia, pronuncia un mensaje desconcertante.
«Extendemos la invitación al gobierno de los EE.UU. a trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación, orientada al desarrollo compartido, en el marco de la legalidad internacional y que fortalezca una convivencia comunitaria duradera», afirmó Delcy Rodríguez en su primer mensaje internacional como presidenta encargada de Venezuela. (Rodríguez, 2026, 4 de enero).
La declaración resultaba difícil de conciliar con más de veinte años de furiosa retórica antiimperialista. Apenas un día antes, Estados Unidos había ejecutado la mayor operación militar contra el gobierno venezolano desde la llegada del chavismo al poder. Sin embargo, en lugar de anunciar represalias o convocar a la resistencia nacional e internacional, Rodríguez tendía públicamente puentes hacia Washington.
Meses después, aquel mensaje parece adquirir un significado diferente. Lo que inicialmente pudo interpretarse como una reacción táctica frente a una situación de extrema vulnerabilidad terminó anticipando una transformación más profunda. La apertura a la inversión estadounidense, la flexibilización del discurso antiimperialista, las reformas económicas orientadas al mercado y la búsqueda de nuevas fuentes de legitimidad sugieren que el chavismo está atravesando un proceso de redefinición política de gran alcance.
La transformación observada bajo Delcy Rodríguez podría interpretarse como el surgimiento de una fase post-populista del chavismo. El término se utiliza aquí de manera exploratoria para describir una situación en la cual un movimiento político conserva buena parte de los símbolos e identidades construidos durante su etapa populista, pero obtiene legitimidad a través de mecanismos diferentes a los que originalmente le dieron origen.
Esto plantea una pregunta que va más allá de la coyuntura venezolana: ¿cómo puede un movimiento político abandonar tan rápidamente principios que durante más de dos décadas presentó como irrenunciables sin sufrir una fractura significativa? ¿Qué nos dice esta transformación sobre la naturaleza del chavismo y, más ampliamente, sobre la capacidad de supervivencia de los movimientos populistas cuando pierden simultáneamente a su líder y a buena parte de su base social?
1. Los cambios observados
Cinco meses después de la salida de Nicolás Maduro del poder, cuando redactábamos este texto, el chavismo experimenta una transformación difícil de ignorar. Aunque sus principales dirigentes continúan reivindicando la identidad bolivariana y la continuidad institucional del proyecto iniciado por Hugo Chávez, varias de las decisiones adoptadas por la administración de Delcy Rodríguez reflejan un cambio significativo respecto a los pilares que durante más de dos décadas definieron la identidad política del movimiento. Un informe de la ONG Laboratorio de Paz hizo un recuento de estas transformaciones. (Laboratorio de Paz, 2026)
La transformación no se limitó al lenguaje diplomático. Durante los meses siguientes, la nueva administración promovió una política de acercamiento sostenido hacia Washington. Funcionarios estadounidenses que desempeñaron un papel relevante en la operación del 3 de enero fueron posteriormente recibidos en visitas oficiales en Caracas, incluyendo responsables de organismos de inteligencia y seguridad. Este tipo de encuentros habría resultado difícilmente imaginable dentro de la lógica de confrontación que caracterizó la relación entre ambos gobiernos durante las etapas anteriores del chavismo.
Un segundo cambio puede observarse en el ámbito económico. El proyecto bolivariano se presentó durante años como una alternativa al neoliberalismo y al libre mercado. La expansión de la propiedad estatal, el control de sectores estratégicos de la economía y la centralidad distributiva del Estado fueron componentes esenciales de su discurso. Sin embargo, las principales decisiones económicas de la administración Rodríguez apuntan en una dirección distinta. La reforma acelerada de la Ley de Hidrocarburos, la nueva Ley Orgánica de Minas, la flexibilización regulatoria, la promoción explícita de la inversión extranjera y la apertura a nuevos actores privados reflejan una orientación más cercana a la liberalización económica que al estatismo que caracterizó al llamado socialismo del siglo XXI.
Un tercer cambio se relaciona con la forma de construir legitimidad política. Durante la etapa de Hugo Chávez, y en menor medida durante los primeros años de Nicolás Maduro, la apelación constante al pueblo mediante elecciones, consultas, campañas de movilización y confrontaciones plebiscitarias constituía un mecanismo central de reproducción del poder. En contraste, la administración de Delcy Rodríguez parece apoyarse menos en la movilización popular y más en la negociación entre élites, los acuerdos internacionales, la estabilización económica y la reorganización interna de la coalición gobernante. El centro de gravedad del sistema político ya no parece estar ubicado en la relación directa entre liderazgo y masas, sino en la preservación de equilibrios entre actores estatales, militares e internacionales.
Finalmente, también se observa una transformación en las prioridades declaradas del gobierno. Mientras el chavismo histórico justificaba buena parte de sus decisiones en nombre de la revolución, el socialismo o la construcción del Estado comunal, el discurso actual enfatiza conceptos como estabilidad, recuperación económica, gobernabilidad y normalización de relaciones internacionales. El lenguaje revolucionario no ha desaparecido completamente, pero parece haber perdido centralidad frente a una narrativa orientada a la gestión y la supervivencia institucional.
Considerados de manera aislada, cada uno de estos cambios podría interpretarse como una adaptación pragmática a circunstancias excepcionales. Sin embargo, observados en conjunto, sugieren algo más profundo: una redefinición de la identidad política del chavismo. La pregunta entonces deja de ser qué cambios está realizando el movimiento: ¿cómo puede una fuerza política modificar tan rápidamente algunos de los principios, que durante años presentó como irrenunciables, sin experimentar una fractura interna significativa?
2. El chavismo como proyecto populista
Para comprender la transformación que atraviesa actualmente el chavismo resulta necesario recordar las bases sobre las cuales construyó originalmente su legitimidad. Aunque existen múltiples definiciones de populismo y un amplio debate académico sobre sus características, la experiencia venezolana puede entenderse como un caso paradigmático de liderazgo político articulado alrededor de una figura carismática que estableció una relación directa con amplios sectores de la población, presentándose como la encarnación de la voluntad popular frente a élites políticas y económicas consideradas responsables de la crisis nacional.
Max Weber definió la autoridad carismática como una forma de dominación sustentada en la creencia de que una persona posee cualidades extraordinarias que la distinguen del resto de los individuos y la convierten en objeto de confianza, admiración y obediencia. A diferencia de la autoridad legal-racional, basada en instituciones y normas, la autoridad carismática descansa en la relación personal entre líder y seguidores. Su fortaleza radica en la capacidad de movilizar adhesiones intensas; su debilidad, en la dificultad de sobrevivir a la desaparición del líder. (Weber, 2002).
La trayectoria política de Hugo Chávez presenta muchos de los elementos descritos por Weber. Desde su llegada al poder en 1999 logró construir una relación directa con amplios sectores de la población, especialmente entre quienes se sentían excluidos de los beneficios del sistema político surgido tras 1958. Su liderazgo trascendió los límites de una organización partidista convencional y se convirtió en el principal elemento articulador del movimiento bolivariano.
La legitimidad del chavismo descansó sobre tres pilares complementarios. El primero fue el liderazgo carismático de Chávez. El segundo fue la construcción de un sujeto político identificado como «el pueblo», presentado simultáneamente como víctima de las élites tradicionales y protagonista de una transformación histórica. El tercero fue un imaginario ideológico que combinó nacionalismo, antiimperialismo, redistribución social y referencias al socialismo del siglo XXI.
Estos tres elementos se reforzaban mutuamente. El liderazgo carismático permitía movilizar al pueblo; la movilización popular legitimaba al líder; y la narrativa ideológica otorgaba sentido histórico a ambos. Durante más de una década, la combinación de liderazgo, pueblo e ideología proporcionó al chavismo una capacidad de movilización y cohesión excepcional dentro del panorama político latinoamericano.
Sin embargo, esta misma configuración contenía una vulnerabilidad. Cuanto más dependía el proyecto de la relación entre Chávez y sus seguidores, más incierto resultaba su futuro una vez desapareciera la figura que constituía su principal fuente de legitimidad.
3. El problema de la sucesión
La muerte de Hugo Chávez el 5 de marzo de 2013 transformó esa vulnerabilidad potencial en un problema político concreto. El desafío no consistía únicamente en designar un nuevo presidente. Se trataba de preservar la cohesión de un movimiento cuya identidad se encontraba estrechamente vinculada a una figura irrepetible.
Consciente de esta dificultad, Chávez intentó resolver el problema de la sucesión antes de su muerte al designar públicamente a Nicolás Maduro como su heredero político. Sin embargo, el mecanismo que permitía transferir autoridad institucional no garantizaba la transferencia del carisma. Maduro heredó el gobierno, el partido, el aparato estatal y el control de las principales instituciones, pero no logró reproducir la relación emocional que Chávez había construido con amplios sectores de la población. Como ha señalado Anselmi (2017), la desaparición de Chávez abrió una crisis de representación que obligó al movimiento bolivariano a buscar nuevas formas de legitimidad política.
Durante sus primeros años en el poder, la principal fuente de legitimidad de Maduro no fue una autoridad propia sino su condición de continuador del legado chavista. La imagen de Chávez permaneció omnipresente en discursos, campañas, símbolos oficiales y movilizaciones partidistas. Más que sustituir al fundador, Maduro intentó gobernar en su nombre.
Sin embargo, esta estrategia enfrentó limitaciones crecientes. La profundización de la crisis económica, el deterioro de los servicios públicos, el aumento de la conflictividad social y el crecimiento de la migración masiva erosionaron progresivamente la legitimidad del gobierno. La referencia simbólica a Chávez resultaba insuficiente para compensar los efectos de una crisis que afectaba directamente la vida cotidiana de millones de venezolanos.
La respuesta del gobierno no fue construir nuevos mecanismos de identificación política equivalentes a los que habían caracterizado la etapa de Chávez. Por el contrario, la preservación del poder comenzó a depender cada vez más del control institucional, la cohesión de las élites gobernantes, el papel de las fuerzas armadas y la capacidad del Estado para administrar los conflictos sociales y políticos mediante la coerción.
Maduro logró conservar el poder. Pero lo hizo en condiciones muy distintas a las que habían permitido el ascenso y consolidación del chavismo. La sucesión había sido institucionalmente exitosa, pero políticamente incompleta. El movimiento sobrevivió a la desaparición de su fundador, aunque cada vez resultaba más difícil sostener las formas de legitimidad que le habían dado origen.
4. Un populismo sin pueblo
Los movimientos populistas suelen definirse por la relación privilegiada que establecen entre un liderazgo político y el pueblo. El pueblo no constituye únicamente una referencia retórica. Es la fuente principal de legitimidad del proyecto.
Durante buena parte de la primera década del siglo XXI, el chavismo logró construir una relación efectiva con amplios sectores de la sociedad venezolana. Las sucesivas victorias electorales de Hugo Chávez, la expansión de los programas sociales financiados por la renta petrolera y una sostenida capacidad de movilización permitieron consolidar una base social considerable. El chavismo no solamente hablaba en nombre del pueblo; una parte importante del pueblo efectivamente se reconocía en él. (Uzcátegui, 2010).
Esta situación comenzó a modificarse progresivamente durante la década siguiente. La crisis económica, la hiperinflación, el deterioro de los servicios públicos, la emigración masiva y el aumento de la pobreza erosionaron la legitimidad acumulada durante los años de expansión. La derrota parlamentaria de 2015 constituyó la primera evidencia electoral contundente de este cambio. Las protestas de 2014 y 2017, así como el resultado presidencial del 28 de julio de 2024, confirmaron una tendencia más profunda: el debilitamiento progresivo de la relación entre el movimiento y amplios sectores de la sociedad.
Sin embargo, el rasgo más significativo de este proceso no fue únicamente la pérdida de apoyo popular. Fue la capacidad del chavismo para adaptarse a ella.
A medida que disminuía la capacidad de movilización popular, aumentaba la importancia de otros recursos para garantizar la continuidad del poder: el control institucional, la cohesión de la coalición gobernante, la capacidad coercitiva del Estado y el manejo estratégico de los procesos electorales. El centro de gravedad del sistema político comenzó a desplazarse desde la movilización hacia la administración.
En este sentido, el problema enfrentado por el chavismo no fue únicamente la pérdida de Hugo Chávez. El desafío más profundo consistió en aprender a gobernar en condiciones donde el pueblo dejaba de ser la principal fuente de legitimidad política. El movimiento sobrevivió a la desaparición de su fundador. Lo que resulta más difícil determinar es si logró conservar el vínculo popular que había dado origen a su legitimidad.
5. ¿Qué ocurre con la ideología?
La transformación del chavismo plantea una pregunta adicional. Si el movimiento ha podido modificar posiciones históricas sobre la economía, Estados Unidos y el papel del Estado sin experimentar fracturas significativas, ¿qué papel continúa desempeñando la ideología dentro de la coalición gobernante?
Durante la etapa de Hugo Chávez, el imaginario socialista, antiimperialista y revolucionario cumplía múltiples funciones. No sólo ofrecía una interpretación del mundo y un horizonte de transformación social. También proporcionaba identidad colectiva, cohesionaba a los seguidores y diferenciaba al movimiento de sus adversarios. La revolución aparecía como una promesa orientada hacia el futuro.
Los cambios observados bajo Delcy Rodríguez sugieren una modificación de esta función. La ideología no desaparece, pero deja de operar principalmente como un instrumento de movilización. Su papel parece desplazarse hacia la preservación de una memoria compartida y la legitimación simbólica de la continuidad política. Más que organizar el futuro, la ideología comienza a organizar el pasado.
Esta transformación ayuda a explicar por qué el acercamiento a Estados Unidos, la apertura económica o la flexibilización del discurso antiimperialista no han generado rupturas equivalentes a las que podrían esperarse. La nueva narrativa no niega el legado chavista. Lo reinterpreta. La cooperación con Washington deja de presentarse como una renuncia ideológica y pasa a justificarse como una expresión de soberanía, estabilidad o interés nacional, bajo un supuesto plan que se resume en la consigna: “Delcy avanza, tu tienes mi confianza”.
La revolución deja así de funcionar principalmente como una promesa de transformación permanente y comienza a operar como un recurso simbólico que permite dotar de continuidad a un proyecto político en proceso de adaptación. El imaginario bolivariano continúa siendo importante para preservar la cohesión interna de la coalición gobernante, pero parece desempeñar un papel menos determinante en la producción de legitimidad política.
Esta transformación prepara el terreno para comprender la etapa actual. Si durante los años de Chávez el liderazgo, el pueblo y la ideología constituían las principales fuentes de legitimidad del proyecto, la Venezuela posterior al 3 de enero de 2026 parece estar buscando nuevas formas de justificar y reproducir el poder. Es precisamente esta transición la que permite hablar del surgimiento de un posible post-populismo bolivariano.
6. El papel de la oposición en la adaptación
La capacidad de adaptación demostrada por el chavismo durante los últimos años no puede explicarse únicamente por factores internos. También debe analizarse en relación con las limitaciones de sus adversarios políticos. La transformación de una coalición gobernante depende, en parte, de la capacidad de la oposición para capitalizar contradicciones, construir alternativas creíbles y disputar las fuentes de legitimidad del régimen.
En teoría, los cambios impulsados por la administración de Delcy Rodríguez deberían haber generado oportunidades significativas para las fuerzas opositoras. La flexibilización del discurso antiimperialista, la apertura económica, la búsqueda de inversión extranjera y la normalización de relaciones con Estados Unidos implican la adopción parcial de posiciones que durante años fueron defendidas por distintos sectores de la oposición democrática venezolana.
Sin embargo, lejos de fortalecer a sus adversarios, esta transformación parece haber contribuido a reducir algunos de sus espacios de diferenciación política. Al incorporar parcialmente demandas asociadas a la oposición, la coalición gobernante logra presentarse simultáneamente como garante de estabilidad y como agente de cambio. De esta manera, desplaza parte de la competencia política desde el terreno económico e internacional hacia ámbitos donde conserva mayores ventajas, como el control institucional, la capacidad de gestión del Estado y el manejo de los tiempos políticos.
Este fenómeno también tiene implicaciones para la legitimidad internacional. Durante años, buena parte del reconocimiento externo obtenido por la oposición venezolana estuvo asociado a la defensa de elecciones competitivas, la reinserción internacional del país, la recuperación económica y el restablecimiento de relaciones constructivas con las democracias occidentales. La estrategia impulsada por Delcy Rodríguez ha consistido, en parte, en apropiarse de algunas de estas banderas sin modificar sustancialmente las relaciones de poder existentes dentro del sistema político venezolano.
Desde esta perspectiva, el post-populismo bolivariano no sólo transforma al chavismo. También reconfigura el espacio de acción de sus adversarios. La oposición ya no enfrenta únicamente a una coalición que reivindica la revolución y la confrontación con Occidente. Debe competir con un proyecto que intenta presentarse simultáneamente como heredero del chavismo y como garante de estabilidad, crecimiento económico y normalización internacional.
La adaptación del chavismo, por tanto, no puede entenderse únicamente como una historia de supervivencia gubernamental. También refleja las dificultades de las fuerzas opositoras para conservar la iniciativa política en un contexto donde parte de sus demandas históricas han sido incorporadas selectivamente por la propia coalición gobernante.
7. Conclusión
Cuando Ernesto Laclau definió el populismo como una lógica política basada en la construcción de un pueblo capaz de disputar la hegemonía a las élites dominantes, desplazó el análisis más allá de los liderazgos individuales y de los programas ideológicos (Laclau, 2005). Desde esta perspectiva, el populismo consiste fundamentalmente en la articulación de identidades colectivas que permiten convertir demandas dispersas en una voluntad política común.
Durante buena parte de su historia, el chavismo pareció encarnar exitosamente esa lógica. Hugo Chávez logró articular demandas de inclusión social, reconocimiento político, redistribución económica y soberanía nacional en torno a la construcción de un sujeto popular que se reconocía a sí mismo como protagonista de una transformación histórica. El pueblo no constituía únicamente una referencia discursiva. Era una fuerza política movilizada que proporcionaba legitimidad, identidad y capacidad de acción colectiva al proyecto bolivariano.
Sin embargo, la evolución observada durante los últimos años plantea interrogantes que la literatura sobre populismo ha explorado sólo parcialmente. La muerte de Chávez privó al movimiento de su principal liderazgo carismático. La prolongada crisis económica y social erosionó parte importante de la base popular que había sostenido su expansión. Los cambios impulsados bajo el liderazgo de Delcy Rodríguez sugieren, además, una creciente distancia respecto a varios de los principios que durante décadas fueron presentados como elementos constitutivos de la Revolución Bolivariana.
La transformación observada desde enero de 2026 parece indicar que el chavismo ha respondido a estas pérdidas mediante la búsqueda de nuevas fuentes de legitimidad. La estabilidad sustituye parcialmente a la movilización. La gestión adquiere mayor relevancia que el carisma. La negociación desplaza a la confrontación. La gobernabilidad comienza a ocupar el lugar que anteriormente correspondía a la épica revolucionaria.
Al mismo tiempo, la coalición gobernante ha demostrado una notable capacidad para apropiarse de fuentes de legitimidad que durante años parecían pertenecer a sus adversarios. La normalización de relaciones con Estados Unidos, la apertura económica y la búsqueda de reconocimiento internacional ya no son exclusivamente banderas opositoras. Han pasado a formar parte de la estrategia de adaptación de un movimiento que busca preservar el poder en condiciones profundamente distintas a las que le dieron origen.
Esta evolución obliga a reconsiderar algunas interpretaciones convencionales sobre el chavismo. Más que una simple continuidad o una ruptura completa con el pasado, lo que parece estar emergiendo es una forma política híbrida. Un proyecto que conserva símbolos, referencias históricas y elementos identitarios del chavismo original, pero que obtiene legitimidad mediante mecanismos diferentes a los que permitieron su ascenso.
La adaptación observada no sólo modifica al chavismo. También altera las condiciones bajo las cuales actúan sus adversarios. Al apropiarse parcialmente de demandas históricamente asociadas a la oposición, la coalición gobernante reduce los espacios de diferenciación programática y obliga a replantear las estrategias tradicionales de confrontación política. La transición hacia un posible post-populismo bolivariano constituye, al mismo tiempo, un desafío para quienes buscan construir una alternativa democrática.
Quizás por ello la pregunta más relevante para comprender la Venezuela contemporánea ya no sea si el chavismo sobrevivirá a Hugo Chávez. La experiencia de la última década parece demostrar que sí puede hacerlo. La cuestión es otra: ¿qué tipo de régimen político emerge cuando una coalición gobernante logra sobrevivir a su líder, a una parte significativa de su base social e incluso a algunos de los principios que durante décadas afirmó considerar irrenunciables?
La respuesta a esa pregunta excede el caso venezolano. También interpela a los estudios sobre populismo. Si el populismo se define por la construcción de un pueblo como fuente de legitimidad política, la experiencia reciente de Venezuela invita a explorar una posibilidad poco estudiada: la de un movimiento que sobrevive después de que el pueblo deja de ser el principal fundamento de su legitimidad. Tal vez sea en esa transición, más que en el populismo mismo, donde se encuentre una de las claves para comprender la evolución actual del chavismo y las transformaciones de las formas contemporáneas de dominación política.
Referencias
Anselmi, M. (2017). Populism and the crisis of political representation: The case of Venezuela after Chávez. International Journal of Politics, Culture, and Society, 30(4), 373-390. https://doi.org/10.1007/s41111-017-0066-y
Laboratorio de Paz. (2026). Cinco meses del interinato: Reconfiguración sin transición. Balance político, institucional, económico y de derechos humanos de Venezuela tras el 3E. Laboratorio de Paz.
Laclau, E. (2005). La razón populista. Fondo de Cultura Económica.
Rodríguez, D. (2026, 4 de enero). Mensaje de Venezuela al mundo y a los Estados Unidos [Comunicado oficial].
Uzcátegui, R. (2010). Venezuela: La revolución como espectáculo. Una crítica anarquista al gobierno bolivariano. El Libertario.
Weber, M. (2002). Economía y sociedad: Esbozo de sociología comprensiva (J. Medina Echavarría, E. Ímaz, J. Roura-Parella, E. García Máynez y J. Ferrater Mora, Trads.). Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado en 1922).
La versión original de este texto se publicó en inglés en la revista “Autocratization”, disponible en https://revistas.usergioarboleda.edu.co/index.php/autocratization/article/view/3121
