Sobre el descrédito de quienes nos gobiernan

Según la sociología “La confianza es la expectativa razonable de que otras personas, instituciones o sistemas actuarán de manera predecible, competente y conforme a normas compartidas”. La forma en que se reconstruye la confianza es un tema central para la sociología política, donde los diferentes autores coinciden en que no se destruye por un único acontecimiento ni se reconstruye con un solo gesto. Es un proceso acumulativo en ambos sentidos.

¿Cómo se pierde la confianza? Para Niklas Luhmann confiar significa asumir un riesgo esperando que el otro actuará de forma predecible. Cuando esa expectativa se incumple una y otra vez, la confianza deja de ser una estrategia racional. Otros autores señalan que desaparece cuando se pierde la previsibilidad debido a reglas de juego cambiantes y arbitrarias o cuando la mentira se vuelve estructural, por lo que las personas dejan de compartir una noción común de la realidad. Por su parte Robert Putnam describió como la confianza se construye mediante la interacción cotidiana, en espacios asociativos donde las personas comprueban que la cooperación funciona. Por eso, a los autoritarismos les importa mucho romper esos vínculos horizontales entre la población.

Estos científicos sociales llegan a una conclusión común: la confianza no se puede decretar. No basta con decretarla, debe ganarse y reconstruirse. Sumando las diferentes opiniones, hay básicamente 4 maneras de reconstruirla: 1) Mediante experiencias repetidas de cumplimiento; 2) Mediante instituciones confiables; 3) A través de pequeñas experiencias de cooperación exitosas, que puedan ir escalando; 4) Mediante la reparación, donde se reconoce el daño ocasionado y hay un compromiso explícito a no repetirlo.

La desconfianza actual no sólo debe superarse para lograr la transición a la democracia, sino también una reconstrucción exitosa de lo afectado por el terremoto. Quienes han dejado de creer no sólo son la mayoritaria cantidad de personas que se oponen al gobierno, sino que hoy alcanza a personas que fueron parte de la base social de apoyo al chavismo. Lo único que el chavismo terminó socializando fue el escepticismo.

Damelis Dìaz, la persona que increpó públicamente al hijo de Nicolás Maduro durante su visita a una de las zonas afectadas por el terremoto, es un ejemplo emblemático del volumen del escepticismo actual. Díaz formo parte de la base social de apoyo del proyecto bolivariano, por lo que fue beneficiada con una vivienda en el complejo habitacional “Hugo Chávez” de Catia La Mar, que resultó muy afectado por el doblete sísmico. Entrevistada por el periodista Isnardo Bravo expresó dos cosas a tomar en cuenta. La primera que fue el propio Hugo Chávez el que había falseado la verdad al asegurar que los edificios eran “tecnología de punta” y “antisísmicos”. Esto no es una afirmación menor, pues durante muchos años se excusaba las limitaciones y contradicciones de la gobernabilidad bolivariana bajo el argumento que “a Chávez lo engañan” o “Chávez no lo sabe”. Responsabilizar directamente al caudillo sugiere una crisis importante con esa identidad política. Su segunda afirmación era que nadie podía garantizar que las nuevas casas construidas “por esta gente” –así llamó a las autoridades- fueran de buena calidad.

La reacción de Díaz ilustra, precisamente, cómo funciona la confianza desde la sociología. Cuando una persona ha experimentado durante años promesas incumplidas, información contradictoria y políticas que no produjeron los resultados ofrecidos, la desconfianza deja de ser un prejuicio para convertirse en una conclusión razonable. Después de más de dos décadas de chavismo, y de los últimos años bajo la conducción del mismo grupo político que hoy encabezan Delcy Rodríguez y su hermano Jorge, lo racional no es otorgar otro cheque en blanco, sino exigir evidencias concretas de que las cosas se harán de otra manera.

Resulta difícil imaginar que un gobierno dirigido por quienes han sido protagonistas de la gestión que produjo esta crisis pueda reconstruir la confianza ciudadana mediante llamados a la unidad o promesas de reconstrucción. La confianza no se decreta ni se hereda del cargo que se ocupa. Se conquista con hechos consistentes, instituciones creíbles y la posibilidad de que la ciudadanía verifique que quienes gobiernan responden realmente al beneficio público.

La reconstrucción de viviendas, escuelas y hospitales es indispensable, pero la reconstrucción de la confianza exige algo más profundo: la renovación de la legitimidad. Y en una democracia esa legitimidad tiene un camino claro y conocido. Si queremos que la población vuelva a confiar en sus instituciones, el atajo no existe. El camino más corto pasa, paradójicamente, por lo más democrático: permitir que los ciudadanos elijan libremente a nuevas autoridades y que sea ese nuevo mandato el punto de partida para reconstruir, no solo el país material, sino también el vínculo de confianza entre la sociedad y el Estado.


Deja un comentario