Chavismo post 3E: Un poder sin autoridad

Los hechos del 3E marcaron el clímax de una tendencia que venía gestándose dentro del chavismo: la ruptura definitiva entre su poder y su autoridad. Con su giro proestadounidense, el bolivarianismo abandona su mito fundacional —el antiimperialismo— y deja al descubierto una coalición cuyos restos ya no están unidos por lo que creen, sino por lo que temen perder.

En una ciudad del interior del país dos policías regionales imponen una infracción de tránsito a una mujer que había girado su vehículo donde no debía. Al llegar a su comando los dos funcionarios son humillados por su superior: La persona escarmentada era esposa de una persona importante del PSUV, siendo obligados a pagar el monto de la multa. Esta escena pudiera ser una más de la larga historia de abusos de poder ocurridas en los últimos años. Sin embargo, hay una diferencia: Los dos policías denuncian el abuso por redes sociales. No al ministerio público ni a la defensoría del pueblo, sino ante la opinión pública.

El hecho ocurre semanas después de la detención de Nicolás Maduro y Cilia Flores, por parte de un operativo militar estadounidense, que bombardeó por lo menos 7 puntos del territorio ocasionando, al menos, 100 bajas. Ese día algo terminó por romperse a lo interno del universo bolivariano. La actitud de los dos policías es un síntoma: Lo que hasta el 2 de enero hubiera sido silenciado o invisibilizado, hoy se difunde públicamente por redes sociales.

El fundador de la sociología comprensiva, Max Weber, distinguía entre poder (imposición) y autoridad (obediencia legítima). Para él la clave de la autoridad era: la gente obedece porque cree que debe hacerlo. Esta legitimidad para la obediencia puede venir de tres fuentes: La llamada “Tradicional-patrimonial” basada en la herencia o en las lealtades personales; La “carismática” vinculada a la figura de un líder y la “Legal-racional”, anclada en instituciones y normas.

La pérdida de autoridad no es un concepto abstracto: se expresa cuando las órdenes dejan de ser obedecidas por convicción, cuando los subordinados comienzan a actuar por cálculo y cuando los conflictos internos ya no se procesan dentro de la jerarquía, sino que se exponen públicamente.

Según el análisis weberiano Hugo Chávez combinó el carisma con un orden patrimonal. Luego, sin la influencia del caudillo y sin los grandes recursos de otros años, Nicolás Maduro intentó mantener el sistema de lealtades basado en la gestión de recursos, sustituyendo la legitimidad por coerción.

Sin embargo, la crisis económica que apareció a partir del año 2014 rompió el pacto material que daba sustento orgánico al bolivarianismo. Con recursos menguados, un Maduro sin carisma intentó mantener la continuidad del esquema patrimonial mediante redes de lealtad personal y el control de recursos mediante áreas de influencia. En este sentido la purga contra Tarek El Aissami debe entenderse a través de esas dos dimensiones. La principal fuente de autoridad de “Super bigotes” era haber sido designado por el propio Hugo Chávez.

Aunque podemos entender la presidencia interina de Delcy Rodríguez como la emergencia de un chavismo de tercer nivel, lo cierto es que están ocurriendo importantes cambios estructurales y de diseño a lo interno de la coalición bolivariana que dan elementos para señalar que el “Rodrigato” sería el fin del chavismo, como lo hemos conocido hasta ahora, y la aparición de un modelo diferente de dominación.

Destacamos dos elementos. El primero de ellos es el abandono de nociones fundamentales del chavismo creado por Hugo Chávez: El antiimperialismo, por un lado, y la sustitución del Estado benefactor por una economía de libre mercado. La segunda es la creación de un modelo, que sin el sustrato ideológico que lo justifique, se base en la fidelidad política a una persona, en este caso a los hermanos Rodríguez. La purga interna, para apartar al anterior círculo de confianza de Nicolás Maduro de cargos de poder con rentabilidad económica, dejará múltiples actores desplazados y resentidos dentro de la coalición.

A estos cambios endógenos hay que sumar un tercer elemento: El 3 de enero. Además de la derrota militar y la incapacidad de defender el territorio, cada vez hay más indicios que suman a la hipótesis de traición interna a Nicolás Maduro y entrega de la pareja presidencial a las autoridades norteamericanas por sus propios camaradas. Ese día no sólo detuvieron al heredero del zurdo de Sabaneta, sino que también desapareció al aura revolucionaria que orbitaba en torno al chavismo. Ese día el chavismo se rindió sin pelear, entregó a su principal vocero y, para mantenerse en el poder, aceptó convertirse en otra cosa. Esta “otra cosa” está en este momento en proceso de configuración. No estamos hablando exclusivamente de un giro táctico que pudiera revertirse en un futuro cercano, por ejemplo ante la derrota de Donald Trump en sus comicios de medio término. Estamos siendo testigos, también, de una transformación estratégica.

Es cierto que la derrota del 28 de julio le dio un importante golpe reputacional y simbólico al chavismo, como representante de las mayorías populares, pero hasta ese momento esa responsabilidad podía adjudicarse exclusivamente a Nicolás Maduro. El abandono de la promesa utópica de futuro y la cosmovisión épica ahora es responsabilidad de toda la cúpula gobernante.  El 28J erosionó la legitimidad social del chavismo. El 3E, en cambio, quebró su autoridad interna. Si el primero fue una derrota frente al país, el segundo fue una derrota frente a sí mismo.

El bombardeo no devolvió la democracia a Venezuela. Pero sí implosionó el chavismo que hemos conocido y padecido durante 20 años. El autoritarismo sigue, actualmente en proceso de mutación.

Siendo así, la procesión del chavismo va por dentro. Ya no hay obediencia por convicción sino por una cohesión negativa derivada por la suma de intereses, dependencia y temores compartidos. Hay una suerte de “lealtad por atrapamiento”, debido a que sus diferentes actores comparten responsabilidades y costos en todo lo que ha sucedido. Como nunca antes hay tensiones latentes, desconfianza y vigilancia mutua: no sólo importa quién tiene la confianza de los Rodríguez, sino también quién mantiene canales de comunicación con Estados Unidos.

La ausencia de autoridad no implica desintegración inmediata. La coalición se mantiene unida no por convicción, sino por interdependencia, por los costos de ruptura y por el miedo compartido a un escenario de transición.

¿Habrá rebelión de un sector del chavismo por la hipoteca de su patrimonio revolucionario? Es difícil predecirlo. Internamente contradecir a su cúpula no es sólo un gesto político, también es existencia. Los disidentes enfrentarían riesgos legales o judiciales, pérdida de protección política y económica, ruptura de redes y posible persecución. En redes han circulado varios casos de chavistas, que apelando a su racionalidad antiimperialista, están sufriendo represalias en este momento. Finalmente, quien pudiera capitalizar ese descontento interno a su favor es la figura sombría de Diosdado Cabello. 

El chavismo no ha perdido el poder, pero ha perdido algo más difícil de reconstruir: la autoridad. Y cuando un sistema deja de ser obedecido por convicción y necesita imponer cada vez más para sostenerse, no entra en una fase de estabilidad, sino en su momento de mayor fragilidad.

(Publicado en Tal Cual)


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