Te acabo de conocer, y mientras cuido tu placentero tercer sueño de la tarde (por cierto, ¿con qué sueñan los bebes?), te escribo estas líneas con la intención de que las leas dentro de, digamos, unos quince años. Es decir, tu tío, recién estrenado en el puesto se permite en consecuencia la pretensión de aconsejarte desde el pasado a su sobrina quinceañera, esa edad en que ciertas respuestas inquietantes sustituyen las preguntas infantiles.
Disculpado en mi presunción, iniciaré con una recomendación que anima el espíritu de este escrito: No te creas todo lo que decimos nosotros los adultos. No es que seamos siempre unos mentirosos -descubrirás que a veces sí-, pero hemos sido atacados por una enfermedad irreversible que se llama «madurez». Uno de los quebrantos mas frecuentes de este tiempo desde donde te escribo se llama «stress». Y si en década y media tenemos la fortuna de erradicarla de la faz del planeta, paso a describirte sus síntomas para que te des una idea de cómo era: presión que te acalambra el cuerpo produciéndote afiebramientos y dolores de cabeza. La causa de tal quebranto es la preocupación excesiva por cosas que eso mentado «madurez» ordena como importantes. Y cuando uno establece prioridades en una lista imaginaria, es porque ha establecido jerarquías entre ellas: unas de obligatorio cumplimiento y otras, absolutamente prescindibles. Si la madurez ha tomado posesión por completo de nuestra cabeza y nuestra alma, con mirada autosuficiente y dejo arrogante en la voz, repetiremos insistentemente que las «cosas» -esos objetos que puedes manipular y tocar- son mas importantes que los «afectos» -esa sensación cálida que inundándote el cuerpo, te repica el corazón como tambor-. Como hemos determinado que las cosas son más importantes que los afectos, creemos que la acumulación de los primeros, como un imán a la larga, atraerá indefectiblemete a los segundos. Y como para tener cosas hace falta comprarlas con efectivo en cualquiera de sus versiones, en acumular dinero y cosas se nos van años preciados de la existencia, mientras detalles preciosos (pero superfluos para la madurez) nos pasan de largo por la acera de enfrente.
Echando mano al bolígrafo y venciendo cierta aversión a las matemáticas, te he sacado unas cuentas. En este 2.001 las personas trabajan como promedio 25 años, a unas 8 horas diarias, que nos da como total unas 44.000 horas. Si le sumamos las 13.600 horas que gastamos en los 17 años que se van del pre-escolar hasta la universidad, el gran total arriba a la cantidad de 57.600 horas. Tiempo que dedicamos a la producción y acumulación de dinero-cosas, y que le robamos al que le podríamos dedicar a nuestros seres queridos. «El tiempo es dinero» balbuceamos en el cenit de la madurez, y cuando los minutos no se contabilizan como ceros en nuestra cuenta bancaria, el tormento consecuente empieza a tensar los músculos del cuerpo… y del corazón. Tatatatan!! El stress hace su fulgurante aparición. La madurez no paga por las vivencias. Y como hay que dedicar tiempo para labores «productivas», caricias y besos, amaneceres, lunas llenas, paseos por la naturaleza, risas y sonrisas, abrazos y juegos, barcos de papel, libros de cuentos, noches de chocolate caliente y galletitas, desayunos de mermelada y queso crema, caminatas bajo la lluvia y pinturas de témpera y creyones, se dejan para un después que nunca llega.
La madurez tiene en el dinero su más preciada realización. Esos papelitos rectangulares estampados por ambos lados, en este momento desde donde te escribo, median las relaciones entre las personas. Y cuando no son las palabras sino el dinero el que comunica a hombres y mujeres, una consecuencia natural de tal intromisión es la desconfianza y la envidia entre unos y otros. La «sospecha» de la madurez tiene en la inocencia infantil su contrario, su antagonista. De niños creíamos que todas las personas eran buenas y dignas de nuestra confianza. La madurez te va convenciendo poco a poco que la ingenuidad es una mala palabra, y que las personas son dañinas por naturaleza. Por esto, el dinero y el esfuerzo que no se pone en construir parques y plazas para que la gente juegue, se desvía en cosas como armas, policías y cárceles para persuadir a las personas de su mala fe.
¿Sabes que es lo peor? Que en verdad terminamos creyendo que somos malas personas y que necesitamos castigos para portarnos bien. Seguro te habrás preguntado ya porque no hacer mucho dinero y repartirlo en partes iguales entre todos para que cada quien lo gaste en lo que desee. Pero la madurez decreta que hay cosas que son «normales» y que es «irracional»; o «utópico» el tratar de modificarlas. Que existan personas ricas con mucho dinero y personas pobres con poco o casi nada, es una de ellas. Así que esa enfermedad llamada madurez hace una distinción arbitraria entre cosas normales y anormales. Es decir, las que no forman parte de las primeras, sencillamente no existen. Quizás en tus quince años ya padezcas los primeros síntomas de la madurez, y pienses que cosas en las que creías con fervor en años pasados ahora son tonterías.
Escribo pensando en la magia y los personajes fantásticos que poblaban los cuentos que escuchabas o leías de niña. Pero como cosa de tú y yo te voy a confiar un secreto: la magia y la fantasía si existen. La primera la crean las propias personas cuando deliberada o azarosamente crean situaciones para que el afecto les hinche de gusto el pecho. Las casualidades, la suerte, las sorpresas y los enamoramientos por novios y amigos, ¿no son un producto de la magia de los humanos? Si aún no estas segura de que la magia existe, déjame decirte otra cosa: las hadas, los gnomos, las brujas, los hechiceros, los reyes y príncipes, los caballeros andantes, los duendes y hasta el niño Jesús son muy reales. Quizás no tengan el aspecto que crees deberían tener, pero si afinas la vista y ves con detalle a tu alrededor irás descubriendo que ciertas personas que te rodean tiene actitudes que los delatan como seres con la fantasía palpitándole dentro de las costillas. Y si tu misma dejas que la fantasía empape tu conducta de cada día, con el tiempo te verás rodeada de seres tan maravillosos como tu.
Yo mismo ahora libro una batalla personal contra la madurez. Por eso no puedo continuar escribiéndote todas las cosas que me gustarían porque asuntos «productivos» me exigen ahora mismo atención. Como tengo que terminar, te repetiré eso de que no te creas todo lo que decimos nosotros los adultos. Créenos la mitad, porque a veces decimos cosas razonables. La otra mitad de la verdad ponla tú, con las cosas que te marque tu conciencia. Debes estarte preguntando el porqué no te digo estas cosas personalmente, en vez de estártelas escribiendo 15 años antes. La respuesta es sencilla: tengo miedo a seguir creciendo. Con frecuencia dudo que vaya a ganarle el combate a la madurez, y que esta termine por hacerme una de sus víctimas. Que en una de esas mañanas en que no logro despabilarme por completo, me agarre desprevenido y extermine con su particular amargura la bondad, la ingenuidad y la ilusión, que la madurez detesta con particular saña. Es mi regalo que te doy desde el papel de mi juego perpetuo: el de sastre de adjetivos, con los que atesoro la riqueza de mi palacio interior. Recibe un beso desde el pasado, ojala no te sepa añejo y te los continúe dando en el presente. Te enterarás, por su sabor y frecuencia, si tu tío ha salido victorioso.
Mérida, 12 de julio de 2001

Querido R.U.
Me recordaste una escena irrepetible. Te la cuento. Sabes que trabajo como maestra de educ. primaria. Hace unos 4 años le di clases a un ángel llamado, precisamente, Mariángel. Para ese entonces ella debía tener unos diez añitos y padecía,desde que nació, de una parálisis en la lengua que le dificultaba el habla, ésto además -como imaginarás- no la hacía muy popular que digamos, a no ser por su «defecto» físico, era frecuente verla sola o pegada a mi falda en el recreo. Lo cierto es que un día la encontré solita en el patio sentada al borde de un matero, me senté a su lado y le pregunté: en qué piensas?? Ay maestra «es que yo no quiero crecer» respondio y rompió a llorar. Me quedé muda y no pude hacer otra cosa que abrazarla y llorar con ella, así estuvimos durante algunos minutos… pero como para no dejarla sola en su vértigo le propuse un plan: A ver Mariángel y si cuando seas grande salimos juntas a comer helados?
La ví la semana pasada, hacía mucho que no nos cruzábamos, recordamos con emoción aquél día, yo le pregunté como se sentía de grande, riéndose me dijo: Me siento bien maestra!! pero todavía no nos hemos comido el helado!!