
Desde hace unos años laboro en las inmediaciones de la Plaza Mayor de Caracas, cuyos clones se repiten en los poblados a lo largo y ancho del país. En ese trayecto, en el que cruzo transversalmente el espacio saludando la estatua ecuestre por lo menos dos veces al día, se puede medir, entre otras cosas, el termometro político de Venezuela, de una parte al menos, que ha hecho del cónclave el lugar privilegiado de ofrendas florales, actos, mitines y discursos de toda índole. De estos, los que mas me han llamado la atención, por su histrionismo y manejo del arte de la oratoria, han sido los evangélicos. Pero hoy, un miércoles cualquiera de estos lluviosos días, el foco visual privilegió a cuatro camaritas que, bienintencionados -para que dudarlo-, entregaban volantes al cobijo de banderitas rojas del PCV estampadas con la hoz y el martillo. Uno puede u optar una actitud de equidistancia, debido a todo lo que significó el comunismo soviético realmente existente, o mirarlos con cierta benevolencia de quienes añoran algo que no han vivido y que intentan crear su propio revival del asunto. Opté por acercarme y tomar gustoso el panfleto que repartían.
Mientras leía el panfleto recordé una misma comezón que me invadió bastantes años atrás, cuando en la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá, observaba las carteleras de la Juventud Comunista paisa. Entre tanta guerra y tanta miseria, los camaritas de vecino país pedían solidaridad con dos camaradas presos en Zimbabwe, tres perseguidos en Timor Oriental, dos a los cuales les requisaron el carnet del Partido en Tangañica, y otros a los cuales les habían requisado una imprenta en un país del cual me enteraba su existencia en ese momento. Más que una exposición de las motivaciones del PCC aquello fue, literalmente, una clase de Geografía Universal. En este punto debo aclarar que me parece hermosa y noble la solidaridad internacionalista, siempre y cuando esta se acompañe de la debida confraternidad con los hombres y mujeres de tu contexto. Para no hacerlo largo, recordaré aquellas frases de Marcos, del EZLN, cuando la causa chiapaneca era el lugar privilegiado del turismo revolucionario mundial: «Luchando en sus países de origen también luchan aca».
Rebobino de nuevo: tras tantos pasos andados, como ciudadano de a pie, era primera vez que veía a los camaritas locales criollos repartiendo propaganda en la Plaza Bolívar. Y si este es el inicio de una campaña de agitación callejera, pudieron haber dicho algo sobre la infinidad de problemas que aquejan a la gente del país, difundido la propuesta de los candidatos del gallito rojo, comunicado sus propias lineas doctrinales, o, incluso, hasta amplificado la propuesta que ese mismo día la tolda asamblearia comunista proponía en la Asamblea Nacional, que tenía que ver con los megasalarios de los empleados públicos. Los cuatro camaritas, cobijados por las banderitas rojas con la hoz y el martillo, repartían panfletos condenando la ilegalización de la Juventud Comunista de Checoslovaquia.
Me explico otra vez. Me parece excelente que la JCV le exprese su solidaridad a sus pares checos, y que desarrollen una campaña para difundir su situacion y condenando, por todos los medios a su alcance, el hostigamiento contra los tovarich en cualquier parte del globo. Pero en este contexto, sin ninguna intervención adicional, ni referencias previas, ni señalamientos conocidos sobre temas locales, aquello era un ejercicio de onanismo exótico, digno de fotografía del turismo progre que tanto pulula por el centro de la ciudad. La misma observación valió, sobre el mismo punto, para la CNA local: Lo que es bueno para el pavo, también es bueno para la pava.

Ciertamente son días extraños, hoy no impera la razón sino una aparente necesidad de retrotraernos en los lugares comunes más trillados y políticamente correctos.
Es una pena decir que la revolución es una moda.. una caricatura aderezada con cuentos añejos y ya desfigurados por la distancia del tiempo y la mitomanía oficial.
Es una pena que la razón se hipoteque al mejor postor ideológico en términos de garantizar unas prevendas de poder.
Es una pena entender que estás solo en un contra corriente en todos los sentidos.
Es una pena ver un circo patético que ya has presenciado tantas veces…