Indalá, salud mental en empaque canino

IndalaNo se entiende del todo la frase «Mientras mas conozco a los hombres más quiero a mi perro» hasta que se tiene uno. La historia de Indalá es rara, por lo menos para mi persona. Tras mudarnos a un apartamento, Lexys -mi conpañera- insiste en tener un perrito, a lo cual me negué. Una mala experiencia me había mantenido alejado de los caninos en mi vida, y las dimensiones del apartamento ejecutivo -sala, cuarto, cocina y baño en un combo de poco menos de 50 metros cuadrados-, me parecían reducidas para un tercer habitante, aunque fuera animal. Pero tanto dió el cantaro, que una tarde sabatina fuimos a Aproa, donde hacen jornadas de adopción de animales, para traernos uno a casa. Perros y gatos lucían en corrales para bebé, y a su vez, Indalá yacia taciturna en una pequeña jaula, mientras el resto de los perritos movían la cola y hacían piruetas a sus probables padres adoptivos. No nos decidíamos, y un perrito blanco, peludo y mono, se retorcía entre nuestros dedos. Pero por ese impulso, cristiano y profundo, de tomar partido por los que parecen más desamparados, terminamos agarrando a Indalá, la cual cabía, con ojos llorosos y apagados, en la palma de la mano.

El resto de la historia es conocida, y por esos extraños resultados químicos, Indalá y yo terminamos siendo inseparables. Cada final de tarde, en esos minutos cuando añoro los crepusculos de otras tierras, Indalá me espera con su cola hecha un helicóptero. Y entre tantas vicisitudes humanas, cada vez me parece más indispensable para cierta salud mental.

Publicado en Sin categoría

Una respuesta a “Indalá, salud mental en empaque canino

Replica a Francisco Inciarte Cancelar la respuesta