Venezuela: Cuando el huevo y la gallina van juntos

En días recientes el presidente de Colombia, Gustavo Petro, aludía a nuestro país en un mensaje en la red social X: “En Venezuela se necesita un periodo de transición donde se gobierne y se llegue a un acuerdo y diálogo político (…). Ahora ayudaremos a Delcy a estabilizar Venezuela y a crear ese clima de confianza entre los venezolanos”. El responsable de la Casa de Nariño resumía una curiosa teoría de cambio promovida por un sector político y social: reforzar el autoritarismo para que, luego, se autodisuelva.

La premisa existe en la caverna de Platón, donde se considera como verdad la sombra de los objetos. Durante décadas, la literatura académica sobre las transiciones políticas sugirió que los cambios de régimen podían surgir de acuerdos entre élites: sectores del poder que, ante una crisis, aceptaban negociar una apertura con sus adversarios.

Sin embargo, esa idea —que en su momento ayudó a explicar procesos específicos— se ha convertido también en una sombra proyectada en la pared cuando se aplica mecánicamente a contextos donde esas condiciones no existen.

Mientras analistas y catedráticos teorizan, la experiencia cotidiana de los venezolanos apunta en otra dirección. No se trata de una discusión abstracta sobre modelos de transición, sino de lo que la gente ha visto, vivido y aprendido: quienes concentran hoy el poder no lo abandonarán voluntariamente. Luego de años de diálogos y conversaciones fallidas, con toda clase de estímulos para “aumentar los costos de permanencia”, fue un hecho de fuerza el que logró un verdadero compromiso de las autoridades, al menos para liberar a un grupo de presos políticos. Los propios países aliados —los panas de Miraflores— fueron incapaces, por la vía diplomática, de liberar a sus connacionales presos en el país, hasta que llegaron los bombazos.

El sentido común de la gente, que para la sociología es una fuente de conocimiento, tiene una intuición persistente: la naturaleza revolucionaria de la ideología de las actuales autoridades las hace ajenas a la alternabilidad en el poder. No es un problema de la calidad de esa ideología, sino del uso interesado que hacen de ella para (auto)convencerse de que son los elegidos para construir en Venezuela el supuesto paraíso socialista en la tierra. En este sentido, el fraude electoral del 28 de julio no fue un accidente, sino una consecuencia natural de la vocación totalitaria por mantener el Estado bajo su control. “Salvo el poder todo es ilusión”, afirmó Lenin.

La urgencia económica

Según la encuesta de Gold Glove Consulting, de febrero de 2026, el costo de la vida era la principal preocupación para más del 60% de los venezolanos. Por eso, las movilizaciones por el salario —luego de las protestas por los presos políticos— han protagonizado manifestaciones en todo el país. Sobre esta legítima prioridad —mejorar la calidad de vida tras años de depauperización— se instala una interesada matriz de opinión: la prioridad es mejorar la economía; lo demás, vendría después.

Pero la economía no ocurre en el vacío. No se puede pretender mejorar los índices macroeconómicos sin elevar las condiciones laborales de los trabajadores ni fortalecer instituciones que, sin sesgos partidistas, regulen el flujo de capitales, el empleo y el consumo. La ausencia de reglas de juego solo atraerá a especuladores y aventureros, no a inversión estable.

Investigaciones de los economistas Daron Acemoglu, Simon Johnson y James A. Robinson (Premio Nobel 2024) han demostrado que las instituciones inclusivas —estado de derecho, participación política, derechos— son las que generan crecimiento sostenible. En contraste, las instituciones extractivas —autoritarismo, concentración de poder— bloquean el desarrollo a largo plazo. En el paper “La democracia sí genera crecimiento”, para la Universidad de Chicago, Acemoglu, Naidu, Restrepo y Robinson demostraron que la democratización aumenta el PIB per cápita en un 20% en el largo plazo. Lo hace porque impulsa la inversión, mejora educación y salud, promueve reformas económicas y reduce conflictos sociales.

La democracia, en suma, construye la confianza que el autoritarismo destruye.

Esperar lo que no será

Para el chavismo realmente existente y gobernante, Nicolás Maduro se había convertido en un lastre. Tras un año del fraude electoral, no habían logrado que sus aliados regionales lo reconocieran como presidente. Además, la línea de crédito con sus aliados internacionales se había agotado. Cinco meses antes de la presencia de los barcos de guerra norteamericanos en el Caribe, los Rodríguez ya negociaban que Delcy asumiera la presidencia. En su estrategia de permanencia, el chavismo ha ejecutado un giro táctico mayor: aliarse con su enemigo histórico, Estados Unidos.

La entrega de Nicolás Maduro —a través de una incursión del ejército estadounidense en territorio venezolano— obliga al oficialismo a encontrar un nuevo punto de equilibrio. Donald Trump puede presionar, pero los Rodríguez despliegan una agencia orientada a mantenerse en el poder, no a entregarlo. En esa tensión, hay oportunidades.

La apuesta del chavismo es cumplir el acuerdo de trabajo con la Casa Blanca, esperando que los resultados de las elecciones de medio término, en noviembre, reduzcan la capacidad de acción de Trump, especialmente en política internacional.

Lo que está en juego no es una discusión académica sobre modelos de transición, sino la capacidad de reconocer la realidad sin intermediarios, a partir de la experiencia vivida. En Venezuela no estamos frente a un gobierno que negocia su salida, sino ante un poder con una alta capacidad de adaptación para sobrevivir.

Por eso, insistir en que el autoritarismo puede ser la antesala de la democracia no es solo un error analítico: es una forma de prolongar la crisis. La mejora de la economía debe avanzar junto con las reformas políticas y sociales que allanen el camino a la democracia.

En esta discusión hay motivos nobles: gente que cree genuinamente que el oficialismo negociará su salida bajo una lógica de costos y beneficios. Y hay otros más oscuros: quienes se benefician del statu quo y quienes apostarán a retrasar lo posible el inicio de la transición, esperando el desgaste del liderazgo actual.

Al final, el problema no es de buena o mala fe, sino de lectura de la realidad. Hay quienes siguen esperando que el poder se comporte como debería, no como ha demostrado que es.

Pero en Venezuela esa discusión ya no es teórica. Está saldada en la experiencia.


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