Hasta siempre compañero (en la incomprensión)

El pasado 18 de enero falleció en Miami Frank Fernández, una de esas figuras incómodas que la historia suele dejar en los márgenes. Combatió durante toda su vida al castrismo desde su ángulo más ingrato: la izquierda. Anarquista, de los que se reclaman herederos de Bakunin y Kropotkin, dedicó buena parte de su obra a reconstruir la historia del movimiento antiautoritario en Cuba, en particular del anarcosindicalismo, y a explicar cómo fue arrasado tras la entrada de los barbudos a La Habana en 1959. Su libro El anarquismo en Cuba, traducido a varios idiomas, volvió a poner sobre la mesa una discusión que muchos preferían evitar: la de los autoritarismos que se instalan y se perpetúan bajo retóricas revolucionarias.

Como cubano en el exilio, Fernández siguió con mucho interés los acontecimientos en Venezuela a partir de la llegada de Hugo Chávez al poder. En 2006 estuvo unos días en Caracas como participante del llamado “Foro Social Alternativo”, un evento que unos quijotes organizaron de manera paralela para denunciar la cooptación bolivariana del Foro Social Mundial que por esos días se realizaba en la ciudad. El único punto de contacto entre ambos eventos fue una movilización convocada para apoyar la lucha indígena contra la explotación del carbón en el estado Zulia, donde los gobierneros controlaron en todo momento que las consignas no fueran excesivamente antiestatales.

Frank era un cubano alto, blanco y pletórico, casi siempre con un habano encendido. Cuando nos contaba su historia no podíamos dejar de identificarnos con él. Fue miembro activo del Movimiento Libertario Cubano en el Exilio (MLC-E) y participó en la fundación y gestión de Guángara Libertaria entre 1979 y 1992, revista en la que, desde una postura ácrata, se denunciaron los abusos de poder del castrismo contra la población: la falta de libertades, las penurias económicas, las detenciones arbitrarias e incluso los fusilamientos de luchadores sociales. La revista resultó incómoda tanto para el exilio cubano más conservador como para los satélites del castrismo. Pero la dimensión más incomprensible fue que ese esfuerzo también fuera ignorado por buena parte del movimiento anarquista internacional.

En 1961 Manuel Gaona Sousa, secretario internacional de la Asociación Libertaria de Cuba (ALC), redactó un documento titulado “Una aclaración y una declaración de los libertarios cubanos”, en el que afirmaba que “la casi totalidad de la militancia libertaria se encuentra integrada en los distintos organismos de la Revolución cubana”, negando la existencia de presos políticos por activismo anarquista. Aquello generó consecuencias que para quienes estábamos en Venezuela resultaban familiares. Dividió a los anarquistas en la isla entre “buenos” —los que apoyaban al gobierno— y “malos”, los que, fieles a sus principios, se oponían. Y, en segundo lugar, confundió y sembró dudas a nivel internacional. Siete años después, Daniel Cohn-Bendit, el famoso Dany “el rojo” del Mayo Francés, acusó públicamente a los anarquistas cubanos en el exilio que denunciaban al castrismo de estar “financiados por la CIA”, una acusación que el propio Fernández soportó, de propios y ajenos, durante sus 92 años de vida.

El libro Anarquismo en Cuba fue publicado por primera vez en el año 2000 por la Fundación Anselmo Lorenzo de Madrid. A propósito de su fallecimiento, recuerdan sobre su visita a España: “Durante la presentación del libro recorrió la Península de un extremo a otro, con debates intensos; algunos agrios, y con un mensaje incomprendido por ciertos grupos de izquierda. Para estos, criticar a Castro solo podía hacerse desde una posición capitalista y de derechas, ignorando que existen planteamientos más avanzados y liberadores”. A pesar de todas las evidencias, el castrismo gozaba entonces de buena salud, incluso en ambientes pretendidamente irreverentes e iconoclastas. Lo mismo nos ocurría cuando hablábamos de Venezuela.

Quizás por eso, al escucharlo, al leerlo y al ver cómo era sistemáticamente ignorado o puesto en duda, los venezolanos nos reconocimos en Frank Fernández como en un espejo incómodo. Éramos, sin saberlo, compañeros en la incomprensión: cubanos y venezolanos señalando autoritarismos envueltos en retórica revolucionaria y pagando el precio de no encajar ni en la épica oficial ni en las comodidades ideológicas de cierta izquierda internacional. Como a él, a nosotros se nos exigía elegir entre el silencio o la caricatura; entre callar para no “hacerle el juego a la derecha” o aceptar la sospecha permanente. La historia de Frank no fue una anomalía cubana, sino un anticipo de lo que vendría después en Venezuela: la soledad política de quienes se niegan a sacrificar la libertad en nombre de una revolución que ya no libera a nadie.

Que la tierra le sea leve a un hombre libre.


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