Del azufre al sándalo: el chavismo después de la épica

Uno de los núcleos duros de la identidad política construida por Hugo Chávez fue, sin duda, el antiimperialismo revolucionario, particularmente dirigido contra Estados Unidos. No se trataba solo de una posición de política exterior, sino de un dispositivo ideológico integral: organizaba el discurso, cohesionaba a las bases, justificaba el control interno y dotaba de sentido épico al proyecto bolivariano.

Hoy, luego de lo sucedido el 3 de enero, esa pieza central del relato bolivariano está cambiando. La relación funcional y cada vez más visible entre Delcy Rodríguez y el gobierno de Estados Unidos no es solo un giro táctico: marca una transformación profunda del chavismo como movimiento sociocultural y como despliegue biopolítico de dominación.

El antiimperialismo como columna vertebral del chavismo

Max Weber explicaba que algunos liderazgos políticos se sostienen en lo que llamó autoridad carismática: la creencia en cualidades extraordinarias del líder, más que en leyes o instituciones. Hugo Chávez fue, sin duda, un líder de este tipo.

Su antiimperialismo no era un simple discurso internacional: era un recurso para legitimar el poder, explicar la crisis, movilizar emociones y justificar decisiones autoritarias. Todo se organizaba alrededor de una frontera clara: pueblo vs. imperio. La simpleza de su explicación sobre la causa de los problemas del mundo y de la propia Venezuela —consecuencia de la influencia malévola del Tío Sam— y del rol del “bravo pueblo” en enfrentarlo fue muy eficiente para popularizar el imaginario chavista en amplios sectores de la población.

Desde otra perspectiva, Antonio Gramsci diría que el chavismo logró construir una forma de hegemonía; es decir, no solo dominaba por la fuerza, sino también porque lograba que amplios sectores aceptaran su visión del mundo como “natural” o “justa”. El “aquí huele a azufre” y otros gestos del espectáculo bolivariano reforzaban permanentemente esta tensión. El chavismo protagonizaba no solo el “socialismo del siglo XXI”, sino una supuesta lucha de liberación planetaria. Por esta razón, a pesar de sus excesos, buena parte de las organizaciones de izquierda internacional continuaron apoyando a la revolución bolivariana, bajo el entendido de que el fin justifica los medios.

El giro

El fraude electoral del 28 de julio de 2024 significó un importante daño a la legitimidad local e internacional del chavismo entre sus propios sectores de apoyo. A lo interno, Maduro era señalado como el responsable de la desaparición del capital social y electoral que había acumulado Hugo Chávez. En términos weberianos, se produjo una crisis en el modelo de legitimidad carismática, que necesitaba transformarse en una legitimidad diferente, legal-racional o institucional. Un año después de esos comicios, sus propios aliados regionales seguían —Brasil y Colombia principalmente— sin reconocerlo. Además, sobre la figura de Maduro se habían personalizado las denuncias de crímenes contra la humanidad, un importante daño reputacional sobre la épica bolivariana, y las acusaciones de corrupción e ineficacia. Esto último es significativo debido al cierre de las líneas de crédito y financiamiento provenientes de China, Rusia y otros países que habían inyectado recursos a Miraflores. Si el chavismo quería sobrevivir, debía desplazar a Nicolás Maduro de su rol en la coalición dominante.

Cada día aparecen nuevas evidencias, en los medios internacionales, sobre las negociaciones entre Estados Unidos y el chavismo para que Delcy Rodríguez encabezara el Ejecutivo en Venezuela. Luego del ataque de un gobierno extranjero sobre el territorio y la detención del presidente y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, en un giro altamente pragmático el chavismo no solo se abstiene de declarar un conflicto, sino que inicia una relación de cooperación subordinada a Washington. La racionalidad chavista, que se había mantenido intacta desde la desaparición de Chávez, está sufriendo en este momento su primera transformación desde los días del zurdo de Sabaneta.

La reingeniería de imagen de Delcy Rodríguez intenta presentarla como una funcionaria eficiente, técnica y menos ideológica. La actual campaña sobre su figura dirigida al auditorio chavista no solo busca apoyo, sino redisciplina política y emocional de sus seguidores. El chavismo clásico requería movilización permanente, presencia en calle y participación emocional constante. En cambio, el chavismo 3.0 demanda paciencia, silencio, delegación y aceptación de que “no todo se puede decir ni mostrar”.

Delcy no elimina el antiimperialismo: lo reprograma. No se le confronta abiertamente; se negocia con él para superarlo en una relación dialéctica. El militante chavista debe (re)aprender a separar lo que cree de lo que el poder hace, sin entrar en conflicto con ello. La pregunta es si esto generará algún tipo de tensión interna y visible. Un conflicto entre un “chavismo pragmático” enfrentado a un “chavismo identitario” pudiera generar resistencias simbólicas internas y malestar en sectores militares y cuadros históricos.

¿Esta confrontación pudiera escalar en los próximos días? Tres elementos intentarán impedirlo:

1) El aparato represivo impide la organización de disidencias internas reales;

2) Los “antiimperialistas puros” no tienen un proyecto alternativo viable; y

3) Muchos dependen materialmente del propio sistema que critican simbólicamente.

No obstante, esto pudiera intensificar las disputas silenciosas por cargos, los sabotajes burocráticos, las filtraciones de información y las luchas entre facciones por acceso a renta y producción.

Los días por venir en Venezuela no solo dependen de las decisiones de Estados Unidos. A nuestro juicio hay dos elementos igual de significativos: la rearticulación de la sociedad venezolana y sus gremios en una agenda democratizadora, con músculo social y político para incidir en el tutelaje, y, por otro lado, que el chavismo encuentre un nuevo punto de equilibrio y pueda superar la crisis del 28 de julio. En esto último será clave si logran resolver las contradicciones por la entrega negociada de quien era su principal vocero y la relación de subordinación con Estados Unidos, quien hasta el 2 de enero era su némesis histórico.

(Publicado en Tal Cual)


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