Venezuela y el colonialismo menor

Gayatri Chakravorty Spivak

Tom Yorke (nombre ficticio) es un reconocido profesor norteamericano de una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos, afiliado al partido demócrata e identificado con su ala progresista. Desde el año 2002, cuando realizó un paper académico sobre la democracia participativa venezolana, luego de una visita de una semana al país, se convirtió en una voz de referencia sobre lo que ocurría en el país caribeño bajo la revolución bolivariana. Aunque no consideraba a Nicolas Maduro como un presidente legítimo ni democrático, fue muy crítico de la presencia de los buques norteamericanos en el Mar Caribe y la acusación de Venezuela como país que se beneficiaba del narcotráfico. Luego de los ataques y detención de Maduro el 3 de enero ha estado muy activo escribiendo artículos de opinión. En uno de los últimos, Yorke interpelaba a los venezolanos que celebraban lo sucedido, pidiéndoles que “dejaran de mirarse el ombligo”.

El caso venezolano ofrece un terreno particularmente nítido para observar el funcionamiento de un fenómeno que calificaremos como “colonialismo menor”. No porque sea excepcional, sino porque condensa una serie de tensiones estructurales entre universalismo ideológico, autoridad intelectual y sufrimiento concreto que atraviesan hoy buena parte del debate internacional sobre autoritarismo, izquierda y geopolítica.
Desde hace años, Venezuela es objeto de una intensa producción discursiva desde lugares ajenos y lejanos. Académicos, intelectuales públicos, activistas y analistas —principalmente del Norte global, pero también de izquierdas metropolitanas del Sur— han construido interpretaciones del conflicto con epicentro en Caracas que circulan con mayor legitimidad internacional que las voces de quienes viven bajo el régimen. Esta asimetría no es casual ni neutral.

Gayatri Chakravorty Spivak es una filósofa india, experta en teoría de la literatura, que ha escrito un texto iluminador “¿Puede hablar el subalterno?”, en el año 1988. Spivak recupera y amplía el término de Gramsci. El subalterno no es simplemente “el oprimido”, sino también aquel excluido de los circuitos de representación dominantes, tanto políticos como discursivos. No sólo está privado de poder: carece de un lugar desde el cual su palabra sea reconocida como significativa. El subalterno no es quien no habla, sino quien no es escuchado como sujeto de sentido.

Spivak refute a los pensadores de izquierda quienes sostienen que los oprimidos pueden hablar por sí mismos, y que el intelectual sólo debe “dejarlos hablar”. Responde que esa percepción ignora las estructuras de poder que determinan quién es audible; oculta que el intelectual sigue mediando, aunque lo niegue y reproduce una forma de imperialismo epistémico bajo apariencia solidaria y anti-autoritaria.

De manera provocadora esta autora introduce el concepto de “violencia epistémica”: No es violencia física sino la producción de conocimiento que borra, distorsiona o invalida la experiencia del subalterno. Esto ocurre cuando el saber académico, generado en lugares lejanos, define qué cuenta como racional; la experiencia vivida es considerada anecdótica, irracional o “no teórica”. La traducción realizada por el intelectual sustituye al testimonio de las personas concretas.

Hablar por los venezolanos. No con ellos

El concepto de colonialismo menor desea nombrar una forma específica de dominación simbólica que emerge en contextos de conflictos políticos periféricos —como el venezolano— cuando actores externos, amparados en principios universales o credenciales críticas, se arrogan la autoridad de interpretar, jerarquizar y, en última instancia, sustituir la voz de quienes viven directamente la experiencia de la violencia.

No se trataría del colonialismo clásico, ni de una relación imperial directa. Tampoco de una imposición coercitiva. Es, más bien, una forma de poder blando, ejercida en el campo del discurso, la moral y el conocimiento, que no gestiona territorios pero administra sentidos, no controla poblaciones pero gobierna narrativas, que terminan por ser hegemónicas en la interpretación de lo que sucede.

Este colonialismo es “menor” no por su impacto —que puede ser profundo— sino por su baja visibilidad, su aparente respetabilidad y su autoimagen progresista. Se apoya, paradójicamente, en un universalismo moral abstracto que termina produciendo ceguera frente a una realidad históricamente situada.

Aquí resulta clave la advertencia de Hannah Arendt: los derechos humanos, cuando se separan de las condiciones reales de pertenencia, se convierten en fórmulas vacías. El “derecho a tener derechos” no es una abstracción moral, sino una condición política situada.

El colonialismo menor se expresa en una forma de solidaridad pedagógica invertida: los venezolanos deben aprender de actores externos cómo interpretar su propia tragedia. Se les exige: paciencia histórica, comprensión geopolítica y madurez política. Mientras tanto, no se exige nada equivalente a quienes interpretan desde la distancia. Esta relación no es horizontal. Es una relación disciplinaria, donde la solidaridad funciona como recompensa a la docilidad narrativa.

Nombrar esta dinámica no es romper con la solidaridad internacional, sino rescatarla de su deriva colonial, imperialista y hegemonizante. La verdadera solidaridad no traduce de inmediato, no corrige el testimonio, no jerarquiza el dolor. Empieza por un gesto radicalmente simple y profundamente político: reconocer que quienes viven la violencia tienen prioridad para nombrarla.

La exhortación de Tom Yorke a que los venezolanos “dejen de mirarse el ombligo” no es una simple frase desafortunada, sino la síntesis de una relación asimétrica más profunda: la presunción de que quienes observan desde lejos poseen una mirada más amplia, más racional y moralmente más elevada que quienes viven la violencia en primera persona. El problema no es la crítica a la celebración de la violencia —una preocupación legítima—, sino el gesto de desposesión que la acompaña: la negación del derecho de los afectados a interpretar su propio presente, a nombrar sus dilemas y a decidir qué tensiones son para ellos políticamente relevantes.

Cuando la distancia se convierte en autoridad y el principio abstracto en vara disciplinaria, la solidaridad deja de ser un puente y se transforma en un dispositivo de tutela. Frente a ello, la tarea no es pedirle silencio al intelectual ni blindar el sufrimiento de toda crítica, sino restituir una jerarquía ética elemental: en los conflictos concretos, la primera palabra —y también la última— no puede pertenecer a quienes miran desde fuera, sino a quienes cargan con el peso de la historia sobre sus propios cuerpos.


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