En la noche del 31 me acerqué con mi compañera y un par de colegas al funeral de Franklin Brito. Llegamos un poco menos de las 6 de la tarde y nos retiramos un poco después de las 8 y 30. La asistencia, contando a los periodistas, llegaba escasamente al centenar de personas. En algún momento habían tantos periodistas y camarógrafos como personas, lo cual era desconsolador. Otro día escribiré en este blog sobre la destrucción de los lazos horizontales entre las iniciativas sociales y populares, escenario que se ha venido repitiendo en los últimos conflictos de calle ocurridos en el país. Ahora quiero postear otro tema.
La lucha de Franklin Brito no me convocó especialmente en ningún momento, y para ser sincero en los últimos meses enfoqué mis energías en otros conflictos y otros actores sociales. Sin embargo, más allá de mis criterios y los que tenga cualquiera sobre lo que fue su lucha y sus reivindicaciones, murió defendiendo sus derechos y oponiéndose a la arbitrariedad del poder, hasta como lo vimos, sus últimas consecuencias. Y de esto no es capaz cualquiera, mucho menos a los que hablan de «revolución» y «democracia» para vivir del cuento. Por ello, Franklin Brito se ha convertido en un mal referente, en un termómetro para medir a quienes dicen tener unos valores nobles y luchar por ellos. Una mala sombra para quienes claudican al primer obstáculo, para quienes con la fábula de la «táctica» y la «estrategia» hipotecan su ética -según ellos y ellas momentaneamente- al mejor postor.
Franklin Brito, con todas las distancias que pudiera tener con su visión de vida y de mundo, las que ahora no podré conocer, se ha ganado mi profundo respeto. En un país en donde el rey está desnudo, ser consecuente con uno mismo/a es, como lo llamó la imponderable Luisa Ortega Díaz, padecer «trastorno de ideas delirantes». En estas costas bañadas por el Mar Caribe un productor agropecuario volvió a darle contenido a la palabra «lucha» y «dignidad».
Rafael Uzcátegui
