En el año 2009 se realizaron algunas iniciativas para reivindicar la figura del dramaturgo, director, actor, guionista y articulista de prensa José Ignacio Cabrujas, fallecido en el año 1995. Este compendio de algunos de sus textos de prensa, ubicados entre los años 1972 y 1993, de la Editorial Alfa, fue parte de esos esfuerzos, venido a mis manos como regalo de cumpleaños y leído a propósito de las fiestas de año nuevo.
La selección, más que revelarnos el universo de Cabrujas o las bases sociológicas de su comprensión sobre el país -por ejemplo la teoría del «país de campamento», los apuntes sobre la «viveza» criolla o el desarraigio sobre la ciudad de Caracas- recoge la pluma audaz de una persona inteligente que, con buena dosis de ironía y desprejuicio, comenta los aspectos coyunturales de un país que cada vez menos reconoce como el suyo. En especial son de interés los ubicados entre los años 1990 y 1993, cuando la descomposición del pacto de gobernabilidad era evidente y surgía amenazante, por primera vez, la figura de Hugo Chávez, el cual, como bien reitera el escritor, no contaba ni con la comprensión ni con la correcta interpretación de una clase política -de derecha y de izquierda por igual- cada vez más divorciada del sentimiento del ciudadano común.
Recordar algunos de los hechos escabrosos del debacle puntofijista, para un país de tan corta memoria como el nuestro, es todo un bálsamo. En los últimos años una frase ha ganado terreno entre quienes disienten del gobierno del presidente Chávez, mitificando el pasado inmediato que lo hizo posible: «Eramos felices y no lo sabíamos». En una terca interpretación de lo político, hay quienes santifican cualquier cosa que antagonice con el gobierno bolivariano, demostrando que en diez años no hemos aprendido nada. Así precisamente llegó el teniente coronel a la presidencia, con los votos de aquellos que preferían cualquier cosa, y subrayo la palabra cualquier, a seguir siendo gobernados por el binomio. No eramos felices, y cada día eramos más sujetos de la tristeza, la impotencia y la perplejidad, como bien lo recuerdan las columnas de opinión del dramaturgo.
El diagnóstico que el golpe de Estado de 1992 inauguraba un período de transición y de ingobernabilidad, sin embargo no arrimó al literato al terreno del oportunismo, como el que se lanzarían años después una buena parte del partido de sus desvelos: el MAS. En diciembre de 1992, tras los estertores de la segunda intentona, Cabrujas lo dejaba demasiado claro al finalizar su columna con «Ni un salvador más. Llámese Pérez. Llámese Chávez». A diferencia de la mayoría de sus connacionales, Cabrujas intentaba pensar por sí mismo, a pesar de ser un hombre de contradicciones -como el ser guionista de las principales novelas televisadas del momento, las cuales eran parte del ambiente cultural del momento-, norteado por su acervo cultural y su temprana incursión en los ambientes de izquierda, en tiempos en que una de las precondiciones para deambular allí era una vocación por el conocimiento. Cabrujas no pudo presenciar el debacle de la Cuarta República y el advenimiento de la Quinta, cuyos episodios hubieran generado algunos de sus certeros comentarios, con el que el debate público por lo menos hubiera ganado dos o tres ideas correctamente relacionadas entre sí. El vacío contemporáneo de neuronas es evidente en el espectro mediático, tanto estatal como privado, y es aquí cuando se echan en falta aportes para que el debate fuera digno de ese nombre.
