Petitorio desde los sotanos del horror. A Marianela

marianela_ovp Las terribles estadísticas sobre los fallecidos por violencia en el país, de tanto que se repiten, han terminado por ser parte de la vegetación con la que se acostumbra a vivir de este lado de latinoamérica. Sin embargo los números cada vez estan más cerca de uno, te acorralan, te persiguen a la salida del trabajo o de la escuela, tomando cuerpo en imágenes de gente que se quiere y estima. La experiencia personal cada vez esta más llena de cruces y obituarios, de esperanzas que se esfumaron, de posibilidades truncadas por la sinrazón. Para quienes trabajan en el área de derechos humanos, el lidiar con la desgracia de manera cotidiana, y la impotencia de contar con tan pocas herramientas para ofrecer a los desamparados y desamparadas, moldea el temple y pone a prueba permanentemente la vocación y la entrega. Y como seres humanos que son, tan sobrevivientes como sus pares, el horror no les es ajeno y termina signando sus historias personales.

Wilfredo Vasquez era un comerciante de Catia que, como era su rutina, volvía a casa con su esposa y su pequeña hija al final de la tarde, en el sector José Gregorio Hernández de Las Mayas. Hablamos de Caracas. El 09 de marzo pasado un adolescente del sector lo abordó para robarle sus pertenencias, y como si no fuera poco, vaciarle un arma sobre el cuerpo que le quitó la vida. Su esposa pedia ayuda a gritos, mientras los vecinos y vecinas se guarecían tras el miedo que desde hace tiempo les ha inoculado el cuerpo. Wilfredo es hermano de Marianela Sánchez, una diligente abogada que desde hace años forma parte del equipo del Observatorio Venezolano de Prisiones, una ONG encargada de monitorear la situación penitenciaria y hacer propuestas sobre el tema al gobierno central. Su rol como defensora de derechos humanos ha sido realzado en casi todas las notas de prensa sobre el suceso, dejando en evidencia la propia vulnerabilidad de quienes defienden y promocionan cada día los derechos de los demás, olvidándose, con frecuencia, de los suyos propios.

Abrumada por el dolor Marianela hizo un somero un recuento de las veces que priorizó su trabajo sobre su vida personal. Trabajar en derechos humanos es, teóricamente, estar disponible las 24 horas del día y los 365 días del año. Quien se haya acercado al submundo de las ONG´s de derechos humanos sabe que detrás de cada sigla hay una serie de personas que han colocado lo público encima de su vida privada. En ocasiones  amigos y familiares constituyen un gran soporte, pero con frecuencia, la incomprensión anida en la vida afectiva de los activistas, condenándolos a una paradójica soledad y el confinamiento en los compañero/as de labor. A contracorriente de los señalamientos de ciertos buitres, quien haya estado vinculado a una de estas organizaciones sabe que los salarios no son altos sino todo lo contrario, y que los lujos que conocen los defensores de ddhh se limitan al afecto que conquistan en las personas que ayudan. A diferencias de ciertos próceres seudorevolucionarios, nadie se ha comprado un auto de lujo ni vacaciones en Europa para la familia con la quincena oenegera.

Marianela, quien ha tenido que lidiar durante años con el sistema de administración de justicia, conoce mucho sobre impunidad, sobre jueces indolentes, de un sistema carcelario que traga robagallinas y escupe asesinos en serie, de ausencia de cambios que merezcan el nombre. Entre lágrimas se pregunta dónde encontrar justicia, y se cuestiona, en voz alta, si no es hora de tirar la toalla. Y con un hermano muerto a cuestas ha tenido que visitar una tras otra diferentes funerarias para convercerlas que los impactos de bala no son producto de un enfrentamiento, sino de la orfandad. Y es que Wilfredo ha sido asesinado en dos días varias veces: en una atiborrada, indolente y burocrática morgue; ante unos insensibles interrogadores policiales y periodísticos, ante los encargados de funerarias para los cuales muerte por arma de fuego es sinónimo de gentes de mal vivir.

Sabemos que el dolor por la partida de alguien amado es intransferible y cambia la vida, lícitamente, de las personas. Pero si algo tenemos el atrevimiento de pedirle a Marianela, en estos momentos oscuros, es que no nos deje solos y solas. Que los derechos humanos en Venezuela han tenido el lujo de contar con ella durante todos estos años y que su ausencia no podrá ser llenada por nadie más. Si el horror nos ha legado un nuevo capítulo, como en esas películas heróicas algun dia, juntos y juntas, seremos más fuertes y lo sobrepasaremos.


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