El altercado entre el presidente venezolano, el Rey de España y el presidente español ha dado la vuelta al mundo y copado no sólo el panorama informativo, sino la efervescente cultura pop circulante en internet. Ringtones, remixes, iconos y videos, en varios idiomas, parodían hasta la insensatez el «Porqué no te callas» con el que el monarca espetó al primer mandatario criollo.
El incidente ha remozado la polarización política agitándola hasta mares internacionales. En el caso venezolano, la estupidez se vigoriza para quienes, en su rechazo a la figura de Hugo Chávez, ahora toman partido ciego por el Rey de España. Un mínimo sentido común sospecharía de quienes ahora defienden vehementemente a una de las instituciones más atrasadas del espectro político mundial, la monarquía, e intentaría descubrir los hilos conductores de esas expresiones con el propio palacio de Miraflores. Pero Venezuela, como bien lo acuñó un representante del status anterior, es el territorio de lo posible. Y si nos fiamos de experiencias recientes, la ausencia de cualquier razonamiento coherente parece nortear a esos voceros de oposición, que hay que decirlo, tienen tan fácil acceso a determinados medios de comunicación.
Voy a repetirlo una vez más, previniendo con esto los predecibles comentarios del jardín de infancia político ubicado en la acera de enfrente. Los enemigos de mi enemigo no son, automáticamente, mis amigos. Lós reyes de España, y de cualquier otro feudo, son tan alérgicos y contrarios a la libertad y a la justicia social como cualquiera de los candidatos a los totalitarismos modernos. Dicho rápidamente carajo: Ni dios, ni amo, ni rey ni Chávez.
Paso a lo sustantivo del post, dado el contexto y las aclaraciones. La izquierda internacional, nuevamente, valora más un gesto de Chávez por encima de todas las evidencias fácticas y concretas que contradicen sus buenas intenciones en el plano de la retórica. Hay que repetir, machaconamente, que los ingresos petroleros y fiscales recibidos por Venezuela le cuantifican un Producto Interno Bruto mayor del de la gran mayoría de los países latinoamericanos, equiparándolo incluso, con el percibido por algunas naciones de eso llamado «Primer mundo». Tras nueve años de gobierno esta sangría de divisas no se ha traducido en reformas, mucho menos en revoluciones cualquiera sea lo que se entienda por el término, estructurales del gran abanico de los problemas del país. En primer lugar del ranking, la pobreza. Como bien sabemos, las políticas adelantadas bajo el nombre de «misiones», muy bien propagandeadas por toda la esfera planetaria, son iniciativas focalizadas a atender la superficie del asunto. Y si nadie en su sano juicio ha críticado estas medidas, muchos sí han pedido la implementación de correctivos y políticas de mayor vuelo y perspectiva. Además, está el detalle, ignorado olímpicamente por la izquierda adoradora del zurdo de Sabaneta, que la política energética local esta absolutamente alineada con las necesidades de la globalización… y de las multinacionales.
Un caso de antología lo constituyen esos izquierdistas foráneos que crítican en otros países lo que soslayan en Venezuela. Amy Goodman, chavista convicta, confesa y militante, escribió un texto llamado «Birmania, el oleoducto de Chevron mantiene vivo al régimen«, en el que crítica el soporte económico que la multinacional ofrece a un régimen autoritario. Sustituya usted, en dicho artículo, donde dice «Birmania» por «Venezuela» y podrá leer un ensayo como esos que, en absoluta minusvalía, intentan difundir la izquierda anticapitalista autónoma venezolana, y los cuales son ignorados por los tentáculos de los Ravell, Granier, Lara e Izarra dispersos por el mundo.
La política en los días de la mundialización difiere bastante de la promovida durante la Guerra Fría. En aquellos años las palabras tenian tanto significado como consecuencias. Hoy, los países de la periferia pueden promover sus excentricidades mientras cumplan el papel que les ha sido asignado en el ajedrez del flujo de capitales. Por otro lado tenemos la absoluta horfandad de buena parte de la intelectualidad «progresista», para quienes el Bloque oriental se reconfigura teniendo a Caracas como su epicentro. Mientras Venezuela mantiene una de las distribuciones de la riqueza más injustas del concierto de naciones, los izquierdistas continuarán conformándose con que, de tanto en tanto, los caudillos de la postmodernidad lancen al aire un «fascista» o un «pendejo» contra una -y reitero el singular- de las caras visibles de la dominación. El pensamiento progresista se encuentra tan desarmado que, a falta de sustancia y de fondo, se conforma con el mero espectáculo de las formas y los gestos.

